¿Qué es el estrés? Causas, síntomas y cómo manejarlo.

Hay días en los que parece que todo llega al mismo tiempo: problemas económicos, responsabilidades familiares, trabajo pendiente, preocupaciones por el futuro y situaciones que simplemente no podemos controlar.

La mente no se detiene. Dormimos, pero no descansamos. Nos levantamos cansados y cualquier pequeño problema parece más difícil de manejar.

Eso que sentimos muchas veces tiene un nombre: estrés.

hombre con estrés tomándose la frente

El estrés forma parte de la vida y no siempre es malo. En determinadas situaciones puede ayudarnos a reaccionar rápidamente, concentrarnos o afrontar un desafío. El problema aparece cuando la tensión se vuelve constante y comenzamos a vivir preocupados, agotados o con la sensación de que ya no podemos más.

Pero ¿qué es el estrés exactamente?, ¿cuáles son sus causas y síntomas?, ¿cómo podemos manejarlo y qué puede aportar la fe cristiana cuando atravesamos momentos de mucha preocupación?

¿Qué es el estrés?

El estrés es una respuesta natural de nuestro organismo ante situaciones que percibimos como difíciles, exigentes o amenazantes.

Cuando enfrentamos un problema, nuestro cuerpo y nuestra mente se preparan para responder. Podemos sentir que el corazón late más rápido, los músculos se tensan y nuestra atención se concentra en aquello que nos preocupa.

Por eso, sentir estrés ocasionalmente no significa necesariamente que exista un problema.

Una fecha límite, un examen, una entrevista de trabajo o una situación inesperada pueden generar estrés durante un periodo corto. Cuando la situación termina, normalmente la tensión disminuye.

La dificultad aparece cuando esa sensación permanece durante semanas o meses.

En ese caso podemos estar ante un estrés crónico, capaz de afectar nuestro bienestar físico y emocional.

¿Cuáles son las principales causas del estrés?

No existe una sola causa del estrés.

Una situación que para una persona resulta fácil de manejar puede convertirse en una gran fuente de preocupación para otra. Nuestra personalidad, circunstancias, responsabilidades y experiencias influyen en la manera en que reaccionamos.

Sin embargo, existen algunas causas del estrés que aparecen con frecuencia:

  • problemas económicos o deudas;
  • exceso de trabajo o responsabilidades;
  • conflictos familiares o de pareja;
  • enfermedad propia o de un ser querido;
  • pérdida del empleo;
  • fallecimiento de una persona cercana;
  • cambios importantes en la vida;
  • problemas laborales;
  • incertidumbre sobre el futuro;
  • falta de descanso;
  • presión académica;
  • situaciones que sentimos que están fuera de nuestro control.

Incluso acontecimientos positivos pueden producir estrés. Un matrimonio, comenzar un nuevo empleo, mudarse o tener un hijo pueden traer alegría y, al mismo tiempo, nuevas responsabilidades.

Por eso es importante identificar no solamente que estamos estresados, sino también qué está provocando nuestro estrés.

Podemos preguntarnos:

¿Qué situación ocupa mis pensamientos una y otra vez?

La respuesta puede ayudarnos a encontrar el origen de la tensión que estamos experimentando.

Síntomas del estrés: ¿cómo saber si estoy estresado?

El estrés no solamente se manifiesta mediante preocupación.

Nuestro cuerpo también puede reflejar lo que estamos viviendo emocionalmente.

Entre los síntomas del estrés pueden aparecer:

  • dificultad para relajarse;
  • irritabilidad;
  • problemas para concentrarse;
  • dolores de cabeza;
  • tensión o dolor muscular;
  • cansancio;
  • problemas para dormir;
  • molestias estomacales;
  • cambios en el apetito;
  • sensación de preocupación constante;
  • dificultad para tomar decisiones.

No todas las personas experimentan los mismos síntomas.

Algunas sienten principalmente agotamiento mental. Otras comienzan a dormir mal, experimentan molestias físicas o se vuelven más irritables.

Cuando vivimos de esta manera durante mucho tiempo podemos llegar a considerar normal algo que en realidad merece nuestra atención.

Estrés agudo y estrés crónico: ¿cuál es la diferencia?

Generalmente podemos distinguir entre estrés agudo y estrés crónico.

Estrés agudo

Es una reacción de corta duración ante una situación concreta.

Por ejemplo, podemos experimentarlo antes de una entrevista de trabajo, durante una discusión, frente a una emergencia o cuando debemos entregar algo importante.

Una vez que la situación termina, el organismo normalmente vuelve a su estado habitual.

El estrés crónico permanece durante períodos prolongados.

Estrés crónico

Puede surgir cuando vivimos constantemente preocupados por el dinero, problemas familiares, trabajo, enfermedad u otras circunstancias difíciles que no parecen tener una solución inmediata.

Aquí debemos prestar especial atención.

Cuando el organismo permanece constantemente en estado de alerta, el estrés puede comenzar a afectar nuestra salud y calidad de vida.

¿Qué efectos puede tener el estrés en nuestro cuerpo?

Cuando estamos bajo estrés, el organismo libera hormonas que nos preparan para responder ante una amenaza o desafío.

Esta respuesta puede ser útil durante un período corto.

El problema ocurre cuando permanece activa constantemente.

El estrés prolongado puede relacionarse con problemas de sueño, dolores de cabeza, molestias digestivas, dificultad para concentrarse, ansiedad, tensión muscular y otros problemas de salud.

Por eso manejar el estrés no consiste simplemente en “dejar de preocuparse”.

Necesitamos reconocer aquello que nos está afectando y adoptar hábitos que permitan a nuestro cuerpo y nuestra mente recuperarse.

¿Cómo manejar el estrés?

No podemos eliminar todos los problemas de nuestra vida.

Sí podemos aprender a responder de una manera más saludable ante ellos.

1. Identifica qué está causando tu estrés

Antes de intentar solucionar todo al mismo tiempo, identifica aquello que realmente te preocupa.

Puedes escribirlo.

A veces tenemos diez preocupaciones dando vueltas en nuestra mente cuando, en realidad, todas proceden de uno o dos problemas principales.

Ponerles nombre ayuda a verlos con mayor claridad.

2. Separa lo que puedes controlar de lo que no puedes controlar

Hay problemas ante los cuales podemos actuar y otros que simplemente no dependen de nosotros.

Pregúntate:

¿Hay algo que pueda hacer hoy para mejorar esta situación?

Si la respuesta es sí, comienza por una acción pequeña.

Si la respuesta es no, continuar pensando constantemente en el problema probablemente no cambiará el resultado y puede aumentar nuestra angustia.

3. No intentes resolver toda tu vida en un solo día

Cuando tenemos muchas responsabilidades, todo parece urgente.

Pero no todo necesita resolverse hoy.

Organiza tus pendientes, determina qué es verdaderamente importante y concéntrate en una tarea a la vez.

Una pequeña acción concreta suele ser más útil que pasar horas preocupado por todo lo que falta.

4. Cuida tu cuerpo

Nuestra salud física y emocional están relacionadas.

Dormir suficientemente, realizar actividad física, mantener una alimentación equilibrada y dedicar algunos momentos del día a descansar puede ayudarnos a manejar mejor las situaciones difíciles.

Incluso algo tan sencillo como caminar durante unos minutos puede convertirse en una pausa necesaria después de un día lleno de tensión.

5. Habla con alguien

El estrés puede hacernos aislarnos precisamente cuando más necesitamos apoyo.

Hablar con un familiar, amigo o persona de confianza puede ayudarnos a ordenar nuestros pensamientos y mirar el problema desde otra perspectiva.

Pedir ayuda no significa que nuestra fe sea débil.

Somos seres humanos y necesitamos apoyo.

¿Qué dice la Biblia sobre el estrés y la preocupación?

La palabra moderna “estrés” no aparece como tal en muchas traducciones de la Biblia, pero las experiencias que lo producen están presentes constantemente en sus páginas.

Los personajes bíblicos enfrentaron miedo, incertidumbre, persecución, pérdidas, problemas familiares y preocupación por el futuro.

David conoció momentos de profunda angustia.

Elías llegó a sentirse agotado.

Los discípulos tuvieron miedo en medio de una tormenta.

Incluso en esas circunstancias encontramos una enseñanza que se repite: no tenemos que cargar solos con todo aquello que nos preocupa.

Jesús dijo:

“Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso.”

— Mateo 11:28

Estas palabras no prometen una vida sin dificultades.

Nos recuerdan algo diferente: cuando sentimos que nuestras fuerzas no son suficientes, podemos acercarnos a Dios.

La oración en momentos de estrés

Cuando estamos preocupados, nuestra mente suele adelantarse constantemente hacia el futuro:

“¿Qué va a pasar?”

“¿Y si todo sale mal?”

“¿Cómo voy a resolver esto?”

La oración puede convertirse en un momento para detener ese ruido y expresar delante de Dios aquello que verdaderamente nos preocupa.

No necesitamos utilizar palabras complicadas.

Podemos hablar con Dios con sinceridad:

“Señor, esto me preocupa. No sé cómo resolverlo. Dame sabiduría para hacer lo que está en mis manos y tranquilidad para confiarte aquello que no puedo controlar.”

La Biblia expresa esta invitación en Filipenses 4:6-7, donde anima a presentar nuestras peticiones delante de Dios mediante la oración y habla de una paz capaz de guardar nuestros corazones y pensamientos.

Vivir un día a la vez

Una parte considerable de nuestro estrés puede provenir no solamente de lo que está sucediendo hoy, sino de todo aquello que imaginamos que podría ocurrir mañana.

Jesús hizo una observación profundamente práctica:

“No se preocupen por el mañana, porque el día de mañana traerá sus propias preocupaciones.”

— Mateo 6:34

Esto no significa vivir irresponsablemente ni dejar de planificar.

Significa reconocer que nuestras fuerzas corresponden al día que estamos viviendo.

Podemos planificar el mañana sin intentar vivirlo anticipadamente.

Hay problemas que requieren nuestra acción hoy.

Otros tendrán que esperar.

Y existen situaciones que simplemente tendremos que poner en manos de Dios.

¿Cuándo deberías buscar ayuda?

Hay momentos en los que descansar, organizar nuestras responsabilidades, hablar con alguien y realizar cambios en nuestros hábitos puede ayudarnos considerablemente.

Pero también existen situaciones en las que es recomendable buscar ayuda profesional.

Considera hablar con un profesional de la salud si el estrés persiste, afecta significativamente tu sueño, alimentación, trabajo, relaciones o actividades cotidianas, o si sientes que ya no puedes manejarlo.

Y si estás experimentando pensamientos de hacerte daño o de suicidio, busca ayuda de emergencia inmediatamente y comunícaselo a una persona de confianza.

Buscar ayuda médica o psicológica cuando es necesaria no está en conflicto con confiar en Dios.

La fe y la atención profesional no tienen por qué ser enemigas.

Una reflexión final

Quizá llegaste hasta aquí porque últimamente tienes demasiadas cosas en la cabeza.

Tal vez existe un problema que todavía no sabes cómo resolver.

No necesitas encontrar hoy la respuesta a todas las preguntas de tu vida.

Pregúntate simplemente:

¿Qué puedo hacer hoy?

Haz aquello que está en tus manos.

Descansa cuando necesites descansar.

Habla con alguien cuando necesites apoyo.

Busca ayuda profesional cuando sea necesario.

Y aquello que está fuera de tu control, aprende poco a poco a entregárselo a Dios.

El problema quizá no desaparezca inmediatamente, pero no tienes que enfrentarlo todo de una sola vez.

Un día a la vez.

Una decisión a la vez.

Y una oración a la vez.


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